Uno se va del "interior" hacia Buenos Aires con algo más que ropa en la mochila y accesorios inútiles. Se va con algunos resguardos y recomendaciones; incluso con algunos miedos.
Recuerdo que cuando era adolescente, viajaba hacia "la capital" tan despreocupadamente que hoy, 8 años después, me causo un poco de celos.
No sé si por haber crecido o porque me volví más quisquillosa, lo cierto es que viajar a Buenos Aires implica un gran control mental. Sin embargo, anhelaba volver desde lo profundo de mi interior. Recorrer sus callecitas llenas de historias, visitar sus centros turísticos, sentarme en un barcito a beber cerveza, sentirme transitar por un lugar nuevo.
En cierta medida, y no vamos a engañarnos, necesitaba irme: viajar. Quería volver a extrañarme, a sorprenderme, a saborear cada espacio, a descubrir y re-descubrirme.
